—A ti te voy a poner yo a servir en la casa de las Chais por melindrosa.

La Bruna sentía gran curiosidad por lo que ocurría en aquellas casas blancas, regentadas por la Celestina, la Pintada y la Saltacharcos.

Para ella, tal mezcla de soldadismo y de prostitución formaba un ambiente muy simpático. Se robaba en el campo, se gastaba el dinero con las mujeres; todo ello era una combinación lógica y perfecta en su género.

Al poco de llegar, Alvarito pudo comprender que la Bruna, su tía, estaba enredada con un joven sargento a quien llamaban el Tronera.

El Tronera era pequeño, menudo, de mal color, por las tercianas, de unos veinticinco años, la mirada clara, la sonrisa burlona, petulante y desdeñosa. Había sido mancebo de botica y se manifestaba siempre sañudo y de intenciones aviesas. No se le ocurría cosa buena; quería hacer su pacotilla para después de la guerra, y todos los procedimientos le parecían lícitos.

Álvaro sintió un profundo desprecio por la Bruna; le chocaba su maldad, su bajeza. El odio que tenía por su hija le hería a él profundamente. Realmente, la humanidad como espectáculo es algo poco grato —pensó Álvaro—; es más agradable contemplar los montes o el mar que el fondo encanallado de las pasiones del hombre.

El Tronera hizo amistades al principio con Alvarito y le llevó a distintos puntos donde se reunían los carlistas: cafés, cantinas y tabernas. Había en aquellos rincones un ambiente de matonería muy desagradable. El matón valiente es una cosa odiosa; el cobarde es uno de los personajes más ridículos y desagradables que se pueden topar.

Irritación, rabia, pedantería se encontraba únicamente en las reuniones de los carlistas. Parecía que representaban alguna comedia guiñolesca, con bravucones y matamoros: quién sacaba su puñal por cualquier cosa y quién se limpiaba las uñas con la punta de una navaja.

Entre su tío, loco y absurdo; la Bruna, perversa y malintencionada; y el Tronera, canallesco y matón, vivía la Dámasa oscuramente, trabajando, cuidando a veces de los niños de las casas cercanas y jugando con ellos.

Una de las veces, al entrar en la casa, Alvarito encontró a la muchacha con un chico pequeño de la vecindad en los brazos, que sin duda tenía fiebre.