Indudablemente así no había decepciones.
Álvaro pensó que su tío era un hombre extraordinario que cambiaba la realidad a su gusto. Una palabra le bastaba para fantasear.
¡Qué bien hubiera ido en el carro naval, en La Nave de los Locos, con su manto negro, lleno de estrellas de plata, y su cucurucho en la cabeza, estudiando con un telescopio de cartón las diversas manifestaciones de la electricidad celeste y de los fluidos magnéticos!
La vida en la casa de don Jerónimo no fue agradable para Alvarito. La mujer de su tío, la Bruna, se mostraba siempre muy bestia, de mal genio y de malos instintos. Era una mujer de burdel, holgazana, caprichosa, rencorosa; tenía envidia y odio a su hija, al ver que esta iba llamando la atención al hacerse una muchacha bonita.
La Dámasa, al revés de su madre, se manifestaba como una chica modosa, sensata, muy discreta, con ese fondo de sabiduría de las razas viejas. Trabajaba durante todo el día, siempre dispuesta a hacer cuanto le mandaran, como la Cenicienta de la casa.
A veces el mal humor y la grosería de su madre le hacían saltar las lágrimas a los ojos. Esta muchachita, morena, con sus hermosos ojos negros y la tez trigueña, ya cerca de los veinte años, solía jugar como una niña con las chicas de la vecindad.
Alvarito solía hablar con ella; le preguntaba si no pensaba casarse.
—Mejor se vive de soltera que de casada —contestaba ella con cierta malicia amable—; más tranquila y más inocente.
En la vecindad de don Jerónimo, en varias casas blancas, bajas, vivían unas mujeres a las que llamaban en gitano las Chais. Allí acudían los soldados carlistas y solía haber grandes zambras. Uno de los puntos fuertes en el leno de las Chais era el Lechuzo, el acompañante de Alvarito desde Salvacañete. El Lechuzo, viejo truchimán libertino, alegre a su modo, parásito proveedor y contertulio de las Chais y jugador de ventaja, vivía en el lupanar como el pez en el agua.
La Bruna, muchas veces, cuando estaba incomodada, decía a su hija: