Don Jerónimo creía que el mundo le envidiaba los tesoros encerrados en aquella casona derruida, y, como precaución, en la puerta puso un artificio con unos cañones de fusil que se disparaban si alguien pretendía entrar violentamente. No le bastaban, sin duda, los fluidos para defender la casa.

A pesar de esto, uno entró una vez forzando la puerta y no le pasó nada, porque no dispararon los cañones de fusil.

—¿Qué te parece esto? —le preguntó su tío a Álvaro, mostrándole su azotea—. ¡No habrás visto nunca una casa así!

—Sí, es extraño.

—Extraño. Algo más que extraño.

Un día el tío Jerónimo quiso mostrar a Alvarito su tesoro; le bajó a la cueva y le enseñó a la luz de un farol una caja llena de piritas de cobre. Álvaro conocía aquellos minerales, porque se los había mostrado idénticos varias veces el señor Golfín.

—¿No serán piritas de cobre? —preguntó Álvaro.

—¡Bah! Veo que no entiendes nada de esto —repuso don Jerónimo cerrando la caja con desdén.

—¿Usted ha mandado analizar esos minerales?

—Yo, no. ¿Para qué?