Al terminar la visita, Alvarito se despidió del gobernador y se fue a su casa. Le contó a su tío Jerónimo cómo había recorrido el castillo y la muralla.

—¿Así, que has visto las defensas de Cañete? —dijo don Jerónimo—. Son formidables. Además, tenemos todo el terreno minado. Ríete tú de Numancia y de Sagunto. Aquí acabaremos todos o venceremos.

Por la tarde el capitán Barrientos fue a buscar a Alvarito y le invitó a cenar en su compañía. Álvaro aceptó y marcharon los dos al alojamiento del capitán. De sobremesa hablaron largamente.

—¿Qué hay de eso de que el terreno de Cañete está minado? —le preguntó Álvaro.

—Nada. Es una fantasía. ¿Quién le ha dicho a usted esa bola?

—Mi tío Jerónimo.

—¡Don Jerónimo! Está loco.

—¿Cree usted de verdad?

—Sí, hombre, sí; completamente loco. ¿Usted ha visto su observatorio?

—Sí.