—¿Y duda usted de que esté loco?
—A veces, ¿quién sabe?, hay gente que parece loca y no lo está.
—Pues ese sí lo está.
Hablaron de don Jerónimo; pero al capitán no le interesaba mucho este asunto y pasó a otra cosa.
Barrientos quería enterarse de la opinión de Alvarito sobre la guerra y le hizo mil preguntas acerca de lo que se pensaba en Bayona del porvenir del carlismo. Álvaro al principio habló con precaución, pero viendo que el capitán Barrientos no se recataba con él en decir francamente sus ideas expuso también sus opiniones con libertad. Él creía que el carlismo marchaba mal y que después del convenio de Vergara no podría esperarse más sino que le hicieran unos buenos funerales.
—Yo creo lo mismo —repitió varias veces Barrientos.
Al día siguiente, por la mañana, el capitán se presentó de nuevo a Alvarito y hablaron. Barrientos confesó que estaba buscando una ocasión para escaparse de Cañete. La guerra que se hacía allí le asqueaba.
El capitán no tenía condiciones de militar y menos de guerrillero. Le gustaba leer y tenía libros de historia y de literatura. Hablaron Alvarito y Barrientos mucho de la guerra.
—En las provincias Vascongadas y Navarra —dijo el capitán—, la guerra ha sido bárbara; en Castilla la Vieja, Merino y Balmaseda le han dado un carácter más fiero; en Cataluña más cruel aún y al acercarse a Valencia y a la Mancha ha sido lo peor de lo peor. Aquí ya no se respeta la palabra, todo se hace con una saña repugnante. Esta es una guerra de moros, se desnuda a los prisioneros para matarlos a lanzadas, se desnuda a las mujeres para apalearlas y violarlas, se fusila a los chicos. Esto es, sencillamente, una porquería.
—Es la escuela de Cabrera.