—Sí, Cabrera, con sus lugartenientes catalanes, valencianos y manchegos, han deshonrado la guerra y el país. Aquí es corriente cebarse en los cadáveres, mutilándolos y sacándoles los ojos.

—¡Qué horror!

—¡Es un asco; como le digo a usted, es una guerra de moros!

—Pero parece que en todas partes la guerra es poco más o menos lo mismo —dijo Alvarito.

—No; allá, en el Norte, la guerra ha sido una guerra de fanatismo, inspirada por los curas; esta es una guerra de ignorancia, de crueldad y de botín.

El capitán Barrientos estuvo largo tiempo contemplando el suelo; luego, dijo:

—La vista de la sangre derramada es una de las cosas más desmoralizadoras para el pueblo. Todas las tradiciones de dulzura y de piedad, formadas por el tiempo y por la razón, se rebasan como el agua rebasa el obstáculo de una presa y en seguida aparece el hombre tal como es, con toda su barbarie y su crueldad nativa.

—¿A usted le parece un fenómeno general?

—Sí. Creo que si a todos los hombres se les sometiera a esa prueba de la sangre, se quedaría uno asombrado de ver tanta gente feroz y sanguinaria.

—¿Cree usted?