—Sí. Se ve que la mayoría de los hombres tienen un instinto homicida y fiero que les hace recrearse en las convulsiones y en la agonía de los demás.
—Es horrible.
—Y a medida que la crueldad y el instinto sanguinario se excitan —siguió diciendo Barrientos—, crece con ellos también la lubricidad. En toda esta gente, la crueldad y la sensualidad marchan a la par. Las mujeres han tenido y tienen aquí, durante la guerra, mucho miedo a salir al campo; cuando las han cogido no se han contentado con violarlas, sino que han concluido por matarlas.
—Es extraño, no parece que la gente sea uno a uno tan salvaje.
—Es el contagio. Basta que a uno se le ocurra un acto cruel para que los demás lo repitan y se desarrolle ese fondo de brutalidad innato en el hombre.
—Una guerra así es peor que una peste.
—Mucho peor. Sobre esta desdichada España se han lanzado en estos últimos años los asesinos, los ladrones, los aventureros y todos los detritus que han venido del mundo.
—Y usted, ¿cómo ha podido soportar esto? —preguntó Alvarito.
—Yo entré engañado —repuso Barrientos—. Tenía en la cabeza una idea caballeresca y ridícula; creía que la guerra sería para los héroes, pero vi claramente que era para los asesinos y para los ladrones, para los que ansían matar y robar sin peligro. Es el ladrón y el asesino listo, que ven la impunidad de asesinar y de robar, el que se encuentra en la guerra a su gusto. Es también el hombre mediocre el que puede prosperar en épocas así.
Por toda España, según el capitán Barrientos, se veía cómo habían fermentado los gérmenes del robo y del asesinato. Ya perdida la guerra por los carlistas, la gente levantisca se resistía a la paz y a la vida normal. Solo los soldados del ejército organizado, los de Maroto, Villareal, etc., querían la paz, pero los cabecillas de las partidas pequeñas no la querían.