—Son bandidos; lo mismo les da una cosa que otra —concluyó diciendo Barrientos.

—Pero aquí forman ustedes parte del ejército regular —repuso Álvaro.

—A medias. Ha habido una época en que sí; teníamos el carácter de una guarnición, pero lo vamos perdiendo. Las partidas van mandando y el Gobernador, por debilidad, deja hacer crueldades inútiles y a medida que esto lo notan los de las partidas se hacen más fuertes.

—¿Pero hay aquí partidas?

—Sí; sobre todo hay una que nos da mucho que hacer —contestó el capitán—. A unas cuantas leguas de aquí hay un pueblo que se llama Beteta, en el partido de Priego. Está en terreno muy quebrado, muy abrupto y fácil de defender, y Cabrera lo fortificó el año pasado. En Beteta se ha formado una partida de verdaderos bandidos que aterrorizan a las gentes de los alrededores. Los manda el Cantarero, que tiene como lugartenientes al Adelantado, de Cañete, y a Navarrito, de Albarracín.

—¿Al nieto del general?

—Al mismo. ¿Conoce usted al general?

—Sí, he estado en su casa.

—Es un fantoche.

—Completo.