Esta acusación de estulticia absoluta y nouménica a nadie podía ofender, y La Nave de los Locos era, al mismo tiempo, el martes de Carnaval y el miércoles de Ceniza, la risa loca y pánica de las lupercales y el polvo en la frente de las iglesias cristianas.
En las estampas aparecía la Dama Locura, siempre muy guapa y sonriente, con su gorro de dos puntas, terminado en dos cascabeles; unas veces, predicando desde el púlpito; otras, arrodillada en la iglesia; otras, marchando en el carro con alegres compadres y mentecatos sonrientes; otras, yendo en una barca a Narragonia (el país de la locura; en alemán macarrónico) con los locos del olfato, del gusto y de la vista.
La Nave de los Locos era la alegoría de las estupideces de los hombres, el anfiteatro de las monstruosidades, el estanco de los vicios, en donde se exhibían la maldad, la perversidad, las manías diversas y todas las manifestaciones más o menos alegres de la mentecatez y de la gran tontería humana.
Para Chipiteguy era indudable, como para su paisano Sebastián Brant, que la Dama Locura andaba suelta por el mundo.
II
ALVARITO Y MANÓN
Dejamos en Las Figuras de Cera nuestros muñecos de carne y hueso, de carne y hueso literario colocados como en un tablero de ajedrez, antes de comenzar la partida, y vamos a continuar esta.
Pasaba el tiempo en Bayona, como pasa en todas partes ese principio que algunos filósofos pragmatistas califican de no homogéneo, y Chipiteguy no aparecía en la casa del Reducto. Alvarito y Manón discutieron mucho lo que debían de hacer. Consultaron con la andre Mari y con Marcelo y decidieron marchar en busca del viejo.
Alvarito pensó ir él solo a España; Marcelo no sabía castellano y no hubiera podido ayudarle.
Decidido a llevar a cabo su empresa el joven Sánchez de Mendoza intentó orientarse, saber qué datos podía conseguir y con qué amistades podía contar. Su padre le habló mucho; pero como era su costumbre, no le dijo nada en concreto. Sabido era que el buen hidalgo no tenía el sentido de lo concreto.