El capitán Barrientos conocía gente en Cuenca, era de la provincia y tenía un tío canónigo. Barrientos llevó a Alvarito a una casa de la plaza y él comenzó a arreglar sus asuntos.
—Yo creo que voy a entrar en el ejército cristino —le dijo a Álvaro al día siguiente—. ¿Usted qué piensa hacer?
—Yo tendría que ir a Bayona; pero la verdad es que no tengo ninguna prisa.
—¿Se encuentra usted bien aquí?
—Sí; este es un pueblo agradable.
El capitán Barrientos presentó a Alvarito a su tío don Tomás, el canónigo.
Don Tomás, alto, corpulento, había sido capitán de voluntarios realistas, con los feotas. Era muy charlatán, no decía cosa de provecho y no sabía nada de nada. Por ironía del destino se llamaba García Liberal. A pesar de su ignorancia y de su necedad, hablaba mal de todos sus compañeros. Del Obispo decía que era tan bruto que no distinguía cuando subía y cuando bajaba las cuestas; lo que para un ex guerrillero tenía que significar mayor brutalidad que no entender a los padres de la Iglesia.
Con el canónigo, Alvarito pudo ver la catedral en todos sus rincones, subir a las torres y meterse en los desvanes, donde se hallaban amontonadas figuras rotas de los altares y de los pasos de Semana Santa.
Como le dejaron entrar y salir, escogió para pasar el tiempo un patio de la catedral, al borde de la muralla que caía sobre la hoz del Huécar.
Desde allá se oía a los niños de coro en una casa cercana ensayando los cánticos de las fiestas próximas. Aquel patio de la catedral, como una terraza colgada sobre la hoz del río, tenía una porción de santos de piedra, arrumbados y desnarigados.