Sacó un colchón de la cama, lo llevó a otro extremo del cuarto, se tendió y, a pesar de su preocupación, se durmió.
Soñó que se hallaba en una habitación llena de animales terribles, todos pesados y adormecidos; una boa grande dejaba un rastro de humedad en los ladrillos del suelo; una serpiente cascabel se escondía tímida entre unas piedras; un cocodrilo bostezaba con la boca abierta. De pronto, alguien le decía: ¡Afuera! Empieza la función. Salió del cuarto seguido de dos tigres que saltaban y jugueteaban como gatos, y en seguida, por una ventana de cristal vio todos aquellos animales; la boa, el cocodrilo y los demás, agitándose de una manera furiosa.
Se despertó, volvió a dormirse y soñó de nuevo. Ahora se encontraba en la barraca de las figuras de cera que estaban todas muy graves y muy serias, cuando de un agujero del techo apareció una chinche monstruosa, con los ojos rojos y amenazadores, y después una segunda y otra tercera.
Las chinches aquellas se ponían a hablar gravemente y después de maduras reflexiones comenzaban a subirse por las piernas de las figuras de cera y allí, donde mordían, salía una mancha roja.
Al despertarse Alvarito comprendió que las chinches, aunque sin hablar y sin dialogar, le estaban devorando.
Al levantarse de la cama se lavó en la fuente con cuidado, y después de almorzar con el capitán Barrientos y con la Dámasa tomaron en un coche destartalado el camino de San Clemente.
En el pueblo, preguntando aquí y allá, dieron con la casa de los parientes de la chica y fueron a verlos. Los tíos de la Dámasa eran de la familia de Sor Patrocinio, la monja milagrera, amiga de los reyes y con gran influencia en Palacio. Sus parientes del pueblo la consideraban como una tunanta y que se hacía ella misma las llagas.
La familia aceptó con gusto el que la Dámasa fuera a vivir con ella. La muchacha se despidió de Alvarito y del capitán Barrientos y estos marcharon a Cuenca.
XI
LA TERRAZA DE LA CATEDRAL