El campo era una llanura parda, rojiza, sin árboles, con un molino de viento fantástico en lo alto de una loma. A la entrada de la aldea había un parador y a la puerta de este un carro. Se veía una calle desierta y dos o tres cerdos que husmeaban en los rincones.

Aquel pueblo achaparrado, con sus paredones amarillentos, le pareció terrible y no le dio ninguna gana de entrar en él, ni de preguntar por sus parientes. ¿Se habría equivocado? ¿Dónde estaban los palacios, los escudos, las huertas a que se refería su padre? No lo quiso averiguar, porque iba teniendo más que la sospecha de que su padre mentía con una tranquilidad absoluta.

Era el anochecer; el cielo se llenaba de luces rojas y le daba al campo una gran melancolía.

Volvió a Minglanilla, y al día siguiente la Dámasa, Barrientos y Alvarito marcharon en una tartana desvencijada camino de San Clemente. Se detuvieron de noche a dormir en un pueblo del camino, en un gran parador con pretensiones de fonda. A Alvarito le dieron un cuarto grande, pintado, con molduras en las paredes y en el techo, y una cama, también grande y alta, con una sábana almidonada.

Al poco tiempo de estar en la cama oyó algo que caía sobre la sábana almidonada y hacía un ligero ruido.

—¿Qué demonio caerá aquí? —se preguntó.

Encendió un fósforo y vio sobre la manta varias pulgas.

—Qué pulgas más gruesas —se dijo.

Al coger una se le aplastó entre los dedos. Eran chinches.

—Qué cosa más repugnante —pensó—. En su casa, a pesar de la pobreza, no había visto chinches; su madre tenía en esto mucho cuidado.