La Dámasa y Alvarito salieron por la puerta de la Virgen, tomaron por el camino de Boniches, cruzaron el río por un puente pequeño y fueron marchando a cierta distancia del río hasta otro puente. Allá estaban los caballos.

Poco después apareció el capitán Barrientos.

Montaron los cuatro a caballo, llegaron hasta una venta y se encontraron con una patrulla que les pidió explicaciones. El capitán se impuso y lograron pasar. Algún tiempo después notaron que les perseguían. El Tronera y otros cinco o seis hombres a caballo se les acercaban.

—Aquí no hay más solución que salvarse a uña de caballo —dijo Barrientos—. Si la Dámasa no sabe montar yo la llevaré en brazos.

La Dámasa sabía montar y marchó valientemente al galope. El que no sabía montar y anduvo con grandes dificultades, siempre expuesto a caerse, fue Alvarito. Aquella carrera le pareció una eternidad.

Oyeron repetidas veces silbar las balas por encima de su cabeza. Afortunadamente los caballos traídos por Barrientos eran muy buenos y antes de la hora de comer estaban en Pajaroncillo, sanos y salvos.

En aquel pueblo había guarnición liberal, y Barrientos, con su asistente y Alvarito, se presentaron en ella. El jefe de la guarnición, después de oírles, los dejó en libertad y recomendó a Barrientos siguiera hasta Cuenca para presentarse a las autoridades. El asistente se quedó en Pajaroncillo, pues era de una aldea próxima.

La Dámasa quería ir a San Clemente, donde tenía unos tíos.

De Pajaroncillo tomaron los tres hacia Minglanilla y Alvarito aprovechó la ocasión para acercarse a Graja de Iniesta, el pueblo de su padre.

Al llegar a la aldea, se quedó maravillado. Se encontraba ante un grupo de casas míseras, de color amarillento y gris, con los tejados inclinados al suelo, una iglesia pequeña y varios corrales con las tapias de adobes.