—Tengo tíos en San Clemente y ellos me recogerían.

—Bueno, pues nada; veremos la manera de salir de aquí.

Alvarito contó a Barrientos cómo la Dámasa quería marcharse también de Cañete.

—Hará bien —dijo el capitán—. La tratan de muy mala manera. Su madre es una bestia como hay pocas.

Decidieron los tres escaparse del pueblo. Barrientos dijo que unos días más tarde podría él contar con caballos. Los apostarían cerca de la puerta de la Virgen, montarían y marcharían a Pajaroncillo.

La Bruna y el Tronera, enterados de que don Jerónimo había dado dinero a Alvarito, pensaron arrebatárselo.

La Bruna le propuso llevarle a una de las casas vecinas con una muchacha muy guapa que ella conocía; el Tronera le quiso acompañar a un cafetucho donde se jugaba una partida fuerte al monte.

Alvarito aplazó el ir a un lado y a otro y preparó la fuga. Dispusieron entre el capitán, la Dámasa y Álvaro que el domingo siguiente un muchacho estuviera con los caballos cerca del río, esperándoles a ellos, que saldrían como a pasear.

No dijeron nada de sus planes; pero el Tronera olfateó la maniobra y comenzó a espiarles.

El domingo por la mañana, el capitán Barrientos mandó a su asistente con los caballos a beber al arroyo. El asistente quería también marcharse.