Alvarito le habló a su tío:

—Si tiene usted que darme algo de la herencia para mi madre, démelo usted.

Don Jerónimo, refunfuñando, le entregó dos mil pesetas. Según él era todo lo que le correspondía a cada hermano.

Alvarito habló en casa de que se marchaba.

—¿Se va usted? —le preguntó la Dámasa.

—Sí.

—Yo también quisiera irme.

—¿Por qué?

—Mi madre me trata muy mal y la vida se me está haciendo muy triste.

—¿Pero tiene usted sitio donde ir?