UN HOMBRE ENIGMÁTICO

Unos días después, en la terraza de la catedral de Cuenca, Alvarito encontró al señor alto y delgado, con facha de extranjero, a quien conoció en el estudio del pintor de Teruel.

Estuvo hablando con aquel señor largo rato; le dijo él que vivía en un carmen, en Granada; iba a ir días después a esta ciudad. Como tenía sitio sobrante en su coche, le invitó a marchar a Alvarito en su compañía.

¿Quién era aquel señor, y de dónde venía? Alvarito no lo supo. Parecía hombre amable; sabía mucho de arte y de historia; manifestaba gran simpatía por España y por la seriedad de la gente española, y le ofrecía un puesto en su coche. Alvarito recordaba la buena compañía que le deparó la casualidad con el señor Blas el mantero, y aceptó.

Se pusieron de acuerdo. El coche era un magnífico landó inglés; llevaba un cochero y una especie de lacayo o de ayuda de cámara, encargado de resolver todas las dificultades del camino.

—¿Cómo se llama su señor? —le preguntó Álvaro al criado.

—Llámele usted el Caballero.

El viaje se hizo con una gran facilidad; aquel hombre sabía viajar cómodamente y aprovechar todos los elementos que podían proporcionar los pueblos del camino.

El Caballero y Álvaro hablaron de una porción de cosas; Álvaro se sorprendió de los conocimientos de aquel señor.

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