Unos días después de salir de Cuenca, llegaron a un pueblo, colocado en la falda de un cerro, que tenía en la punta una fortaleza y una iglesia. Comieron en la fonda; recorrieron las calles, de casas blancas con huertos, empedradas con guijos, y subieron hasta el castillo por un camino pedregoso entre altas chumberas. Al llegar arriba veíase una inmensa llanura; abajo, las calles anchas, largas y soleadas, y a lo lejos una porción de pueblos entre campos verdes.
En lo alto del cerro, en un gran descampado, había un antiguo convento, con la fachada blanca y el alero azul.
Encontraron en el atrio a un jorobadillo, con un aire de saltamontes, y le preguntaron si no se podría entrar en el convento.
El jorobado dijo que sí. Aunque no quedaba legalmente ninguna comunidad en España, algunos dominicos vivían allí.
Llamaron, les abrieron la puerta y pasaron a un patio; un fraile con aire antiguo trabajaba de albañil, con una artesa delante y la paleta en la mano.
Otro joven fraile, de tipo suspicaz, paseaba y rezaba.
El Caballero le preguntó si no había cuadros en el convento; el fraile joven les mostró unos cuantos lienzos sin valor y una imagen, vestida, dentro de un camarín. Luego el joven les llevó delante de otro fraile, con aire imponente, que debía ser el superior. Aquel convento, grande y deshabitado, le pareció a Alvarito una decoración de sueño. Al salir del convento, el superior, el Caballero y él fueron a un raso empedrado con piedras muy pequeñas, con una cerca con un banco, y se sentaron. El jorobadillo andaba de un lado a otro, subiéndose al banco y poniendo su extraña silueta sobre el horizonte. Parecía que se materializaba y se desmaterializaba rápidamente: cuando corría por la azotea, en el fondo de la pared del convento, no se le veía; en cambio, cuando subía a la cerca se destacaba enorme y absurdo en el cielo azul, como una sátira contra la belleza del lugar y de la hora.
Hablaron el fraile, el Caballero y Alvarito de la religión. El fraile tenía una cara dura, imperiosa, ascética; no había en él la menor benevolencia para nada ni para nadie. Habló de la injusticia de la desamortización y de la abolición de las comunidades religiosas, de sus esperanzas de que la Orden dominicana volviera a triunfar en España. Al referirse a Mendizábal, dijo repetidas veces:
—Ese judío nos odia a muerte.
Se veía que aquel fraile era como un guerrillero de la religión, un táctico, un estratega. No tenía el menor espíritu evangélico. Aspiraba a restablecer las preeminencias de su Orden, no solo contra los hombres del liberalismo, sino contra las comunidades rivales, y pensaba que esto debía hacerse trabajando día tras día, poniendo piedra sobre piedra, con tesón y constancia.