A Alvarito le hizo efecto aquel hombre tan duro, con la voz firme y la mirada inflamada, de un guerrillero, de un militar.

Al despedirse, el Caballero se inclinó y besó la mano al fraile. Alvarito retrocedió con un movimiento instintivo de protesta y saludó solamente.

—Es un hombre de talento —dijo el Caballero.

—Sí, sin duda —asintió Alvarito—; pero a mí me ha parecido más bien un político que un religioso.

El Caballero no contestó y estuvo preguntando al jorobadillo el nombre de los distintos pueblos que se veían desde allá; luego, volviéndose a Alvarito, hablando al parecer más consigo mismo que con los otros, dijo:

—Hay como tres naturalezas en el hombre: la naturaleza que se podría llamar natural, la naturaleza social y la naturaleza divina. La naturaleza natural la forman los instintos, las necesidades, las pasiones, todo lo vivo y lo egoísta; la naturaleza social la forman las convenciones, las fórmulas, los medios de relación entre unos y otros; la naturaleza divina o heroica la constituye ese impulso de la bondad, de amor al prójimo, que han tenido algunos hombres, tan exaltado, que ha vencido sus naturalezas natural y social. Todos los hombres tenemos algo de esos tres elementos; unos más, otros menos. ¿No le parece a usted?

—Es posible —contestó Alvarito.

—A la primera naturaleza —siguió diciendo el Caballero— corresponde el egoísmo; a la segunda, la sociedad; a la tercera, la bondad. Por encima de la justicia escueta, equitativa y recta, de que hablaba este fraile, hay una justicia superior, impregnada de piedad. Nosotros podemos imaginar esta última; pero no llegamos a ella más que con grandes esfuerzos. Esa aspiración a la justicia corriente está impregnando el liberalismo y la democracia, y las palabras de este religioso; la otra justicia superior, sería la santidad. Los hombres del siglo XIX, religiosos o laicos, a lo más quieren aspirar a la rectitud y no pasan de ahí.

El Caballero siguió afirmando que había que establecer, no la igualdad y la libertad, sino la fraternidad entre los hombres.

Estas palabras místicas en este raso del convento solitario, en un día espléndido de sol, con la silueta del jorobado como un saltamontes en el horizonte azul, impresionaron a Álvaro.