Como había visto a todo el mundo defender la indiferencia y el egoísmo por los demás, cosa sin duda normal y corriente, pensó que aquel misterioso personaje debía de ser algo raro.

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Unas leguas antes de Granada, a la salida de un pueblo, se encontraron con un hombrecillo bajo, vestido de negro, con patillas, sombrero ancho y un saco al hombro, que iba montado en un burro. El Caballero le conocía; le llamó y le invitó a subir en el coche. El hombre subió; puso su saco, que parecía pesado, a sus pies, y ató el borrico al eje del coche.

—¿Hay mucho trabajo, maestro? —le preguntó el Caballero.

—Siempre hay.

El hombrecito no parecía tener afición a referirse a sus faenas y habló de lo hermoso que estaba el campo y de lo simpáticas que eran las labores agrícolas.

—¿Quién será este tipo? —se preguntó Álvaro.

Era un hombre bajo y grueso, con unos ojos pequeños y vivos, el pelo negro y fuerte; tenía una expresión ambigua en la cara, una mezcla de fortaleza tranquila y de animalidad.

No parecía un obrero, ni un campesino; quizá era algún tratante; pero para ser tratante daba la impresión de ser demasiado taciturno. No le gustaba, sin duda, acercarse a nadie, y se veía que tenía instintivamente la preocupación de apartarse. Era membrudo y con las manos grandes y fuertes.

Un par de leguas antes de Granada, el hombrecillo dijo: