—Aquí me bajo.

—¿No tendrá usted obra? —le preguntó el Caballero.

—No; aquí tengo un amigo. ¡Buenas tardes, señores!

—Adiós, maestro.

El hombrecillo tomó su saco al hombro, y cogiendo al burro del ronzal, entró por una callejuela.

Poco después, a la entrada de una aldea, un mendigo se acercó al coche a pedir limosna.

—Fíjese usted en ese hombre —le dijo el Caballero a Alvarito, mientras sacaba una moneda del bolsillo.

—¿Qué le pasa?

—Fíjese.

Era un pordiosero; tenía la piel abultada y blanquecina, los párpados hinchados y los ojos pequeños y vivos.