—¿Qué le ocurre a ese hombre? —preguntó Álvaro de nuevo.
—Es un leproso.
Al llegar a Granada, el Caballero quiso hospedar en su casa, un carmen del monte de la Alhambra, a Alvarito; pero este dijo que no, aunque lo agradecía mucho, y se marchó a una fonda.
—Venga usted a verme —le dijo el Caballero.
—Iré con mucho gusto.
Aquel señor, cuyo nombre no sabía, le daba una impresión misteriosa.
Al día siguiente, por la mañana, preguntó en la fonda por el Caballero. Por las señas se figuraban quién era y dónde vivía; pero no sabían más, o no lo querían decir.
—Y uno a quien llaman el maestro aquí en Granada, ¿tampoco le conocen?
—¡El maestro! ¿Será un maestro de escuela?
—No, no. Es un hombre pequeñito, cano, con patillas, vestido de negro, que viajaba en un burro y llevaba un saco.