Luego, Alvarito se halló con un trozo de papel en las manos, escrito en una lengua extraña e incomprensible.

Necesitaba encontrar un sitio a propósito para leer, sin gente, y no lo encontraba.

Estaba en una casa grande, destartalada, complicada; llevaba en la mano su documento y buscaba un sitio recóndito, tranquilo, en donde nadie le viera, para entregarse a la lectura. Abría la puerta de un cuarto, lo miraba, lo inspeccionaba y le parecía bien cerrado. Sacaba su papel e iba a leerlo, cuando de pronto, en la pared de enfrente, veía una lucerna redonda, un ventanillo misterioso desde donde podían espiarle.

Guardaba el documento precipitadamente, entraba en otro cuarto, lo examinaba, le parecía seguro y, al ir a leer, notaba la claraboya misteriosa enfrente, y así una vez, y dos, y seis, pasaba cuartos y más cuartos, sin poder leer su papel, hasta que, en medio de una galería, sobre una mesa y dentro de una caja larga, como un ataúd, vio un cuerpo con formas de mujer, envuelto en una arpillera y atado con estropajos.

Luego se asomaba al balcón. Tenía delante una montaña verde, de una luminosidad extraordinaria, con unos palacios de mármol, blancos, brillantes, un cielo azul espléndido y unas flores que chispeaban.

Absorto contemplaba el paisaje cuando se le acercó una figura de cera que se parecía a Ollarra. El recuerdo de aquella figura de cera le perseguía. Luego soñó que la veía bailar en silencio, mientras un fraile, un fantasma blanco y negro, hacía girar el manubrio de un organillo al cual no se oía. Era un baile vertiginoso; con el movimiento, a la figura se le iban soltando las piernas, los brazos y, por último, la cabeza...

XIII

VUELTA

De su estancia en Granada no pudo sacar Alvarito ningún gran entusiasmo por la Alhambra, que, a pesar de estar considerada como una perla, dentro de la retórica mundial, a él le pareció, con sus calados de escayola o de estuco, algo como una decoración de teatro, buena para ver, pasar y no volver. Aquel edificio famoso le impresionó mucho menos que la catedral de Sigüenza.

La vega granadina le gustó más y le produjo cierta melancolía el contemplarla, al anochecer, desde la azotea de un carmen.