—¿Pues? ¿Por qué?

—Porque es un manflorita —contestó el gitano con aire de cinismo.

No había que decir más. Alvarito sintió una gran impresión de desagrado y volvió a la fonda.

Alvarito pensó, con cierto terror, si en el cristianismo, en el socialismo, en toda tendencia filantrópica y hasta pedagógica, no habría un comienzo de homosexualismo; es decir, de anormalidad.

El viajero que le había acompañado a Álvaro era uno más en el mundo de la extravagancia, un personaje nuevo para la Nave de los Locos.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Al día siguiente Alvarito tuvo un sueño extravagante. Cuidaba a un ciego loco y agresivo. El hombre se le quería escapar por las rendijas de las puertas, él lo impedía y el loco quería morderle. Esto ocurría en un cuarto con una ventana. Desde la ventana se veía un valle amarillo y dorado, lleno de flores, y enfrente unos montes altos, como de cristal, todos de aristas puntiagudas. El valle se entenebrecía y quedaba como un paisaje frío y lunar. Entonces él salía a una escalera y empezaba a subirla por la parte de afuera de la barandilla y a pulso, con grandes dificultades, seguido por un hombre que iba también subiendo del mismo modo.

La escalera llegaba a una sala con columnas, en donde mucha gente iba y venía y accionaba con frenesí. Desde un mirador se veía una gran ciudad. En ella se celebraba una feria del mundo entero, al lado del mar, en unas barracas hechas con esteras.

De vez en cuando entraban más hombres y más mujeres en la sala, y los que estaban ya dentro, como disgustados por ello, les insultaban al verlos entrar y les enseñaban los dientes. Una mujer medio desnuda se paseaba echando una moneda al alto a cara y cruz. Cuando era cara, cogía la moneda del suelo y la besaba; si cruz, la tiraba por la ventana.

De pronto se puso a hablar esta mujer y apareció cerca de un pilar próximo a donde se encontraba Álvaro una muchacha, vestida de chico, parecida a Manón, que se reía.