Al día siguiente alquiló otro cochecillo y se dispuso a marchar a Málaga rápidamente. Cruzó por campos de caña de azúcar y por algunos pueblos próximos al mar.

Comió en uno de estos, y poco después de comer, a primera hora de la tarde, chocó el coche con una piedra, se torció una de las ruedas y tuvieron que parar para componerla.

—Si quiere usted esperar —le dijo el cochero—, voy a ver si encuentro al herrero del pueblo.

—Bueno. Esperaré.

Había cerca un pueblecillo; una aldea, respaldada sobre un cerro, con casas cuadradas, de un piso, como las de un nacimiento de chicos. Cerca del pueblo, a una distancia de un kilómetro próximamente, en la playa se veía un fuerte militar abandonado.

Alvarito estuvo sentado al borde de la carretera, mirando al mar, cuando se le acercó un campesino a ofrecérsele por si necesitaba algo.

El hombre le dijo:

—Si uté quiere, yo etaré aquí y uté puede asercarse a la playa. Ya le avisaré cuando tengan arreglao el coche.

Alvarito se sentó en el campo.

Estando tendido en la hierba se le acercó un carabinero, con su fusil; un veterano, grueso, amable y sonriente, con un hablar de León o de Zamora.