—Entonces ¡Addio! ¡Addio! ¡A rivederci! —gritó Ronchi al subir en el coche saludando con la mano. Al día siguiente en el almuerzo Ronchi contó una porción de anécdotas de su vida de cuando fue revolucionario. Había estado indicado para matar al Rey de Nápoles antes de la revolución de 1799.

Preso por regicida y condenado a muerte, se fugó de la prisión. Cuando relató su escapatoria, por el tejado de la cárcel, en calzoncillos, el día mismo de la ejecución, Alvarito y Campana se rieron a carcajadas. Desde aquella época, y viendo la traición de sus compañeros, el napolitano había dejado la política asqueado. Luego contó sus impresiones cuando en una ciudad de Argelia estuvo a punto de ser empalado, y él reclamaba la cuerda. Después sus aventuras en los bulevares de París en donde vendía chucherías a cincuenta céntimos.

Para Ronchi la vida no había sido más que un eterno Carnaval. Todo era locura en el mundo, de arriba a abajo. La lotería, que el mismo Ronchi dirigía en España... ¡Qué engaño! ¡Qué saca cuartos! El Palacio. ¡Qué Carnaval! La guerra. ¡Qué farsa!

¡Y qué decir de María Cristina, su padrona enamorada como una loca del signore Muñoz, el hijo del estanquero de Tarancón, echando todos los años un crío al mundo! Estaba loca. ¿No traía a la familia de su amante al Palazzo para exhibirla ante el público? ¿No se hablaba de tú con los padres del signore Muñoz? Era una follia, una pazzia.

Alvarito, en las palabras de Ronchi, encontró una nueva edición de la Nave de los Locos...

Al día siguiente, Alvarito tomó la diligencia para la frontera. Mientras iba en el coche, pensaba en ese gran misterio que somos unos para otros y a veces uno para sí mismo.

¿Quién sabe lo qué pensará ese hombre, lo que preocupará a esta mujer, lo que soñara esa jovencita, si es que sueña con algo? —se decía.

Al llegar a la frontera, al notar la tranquilidad y el orden que reinaba en Francia, llevó su imaginación inmediatamente, con melancolía, hacia las tierras de España, a aquella Nave de los Locos, desgarrada, sangrienta, zarrapastrosa y pobre que era su país.

Madrid, marzo de 1925.

FIN DE LA NAVE DE LOS LOCOS