La Salomona hizo un gesto de incredulidad.
Manón comprendió debía de adquirir, a ser posible, aire más tosco y más aldeano; pensó también que quizá les fuera conveniente algún criado, algún hombre del país, a sueldo, conocedor de los caminos, de las costumbres y de las personas.
A Alvarito le pareció bien la idea.
El joven Sánchez de Mendoza fue a visitar al coronel Lanz, comandante del puesto de Vera. Se presentó a él como hijo de un correligionario y le explicó que iba a ver de rescatar a su principal, secuestrado no se sabía en dónde.
El comandante dio pasaporte para Álvaro y para un supuesto primo, Mario Ezponda, y cartas de recomendación para personas importantes de la provincia. Le hizo también que le acompañara un sargento por Vera.
Entre tanto Manón, marchando por la orilla de un arroyo, por detrás de la calle de Alzate, llegó hasta un caserón viejo llamado Itzea. Entre Itzea y un molino vio a un muchacho metido en el arroyo registrando con un palo los agujeros de la orilla, sin duda para coger truchas. En esto pasaron unas vacas y recentales a beber en el arroyo, y uno de los terneros se paró, hizo ademán de embestir y asustó a Manón, que dio un grito.
—No hay que asustarse —dijo el muchacho del arroyo, y saliendo a la orilla, amenazó con el palo al ternero, que se alejó a galope. Luego miró a Manón y le preguntó en vascuence, con rudeza:
—¿Quién eres tú? ¿De dónde eres?
—Yo soy francés. ¿Y tú?
—Yo soy Ollarra o Cascazuri.