Llegaron a Vera Alvarito y Manón y fueron a casa de un chatarrero, cliente de Chipiteguy, que vivía en la calle de Alzate. Este chatarrero se llamaba Salomón y por aquellos días no se encontraba en el pueblo. Su mujer, a quien decían la Salomona, era una hembra juanetuda, baja y cuadrada, de hablar medio asturiano, medio gallego.

El portal de la casa de Salomón estaba lleno de trozos de hierro viejo, plomo y otros metales, géneros que el chatarrero negociaba con los carlistas.

La Salomona, a pesar de mantener su marido relaciones comerciales con Chipiteguy, no atendió gran cosa a Manón ni a Alvarito y les envió a pasar la noche a una posada del barrio de Yllecueta.

Alvarito supo por el dueño de la posada que el chatarrero tenía mala fama en el pueblo. Se le achacaba el asesinato de un compañero suyo en el monte para robarle. Alvarito contó esto a Manón y los dos decidieron no hablar nada a la Salomona del fin que perseguían en su viaje.

Al día siguiente, la mujer del chatarrero invitó a los dos muchachos a quedarse en su casa, pero ellos no aceptaron.

La Salomona sospechó que Manón era una chica disfrazada y se lo dijo.

—A mí no me la da usted. Usted es mujer.

—¿En qué lo ha notado usted?

—Se le conoce fácilmente. ¿Se ha escapado usted con su novio?

—No; ese muchacho no es mi novio.