Iban Alvarito y Manón acercándose al pueblo un poco deprimidos por el anochecer espléndido. La campana seguía tocando en aquel aire de cristal inmóvil del crepúsculo.

—¿Por qué no hablas? —preguntó Manón a Álvaro.

—¿Qué te puedo decir? —murmuró él melancólicamente.

—Lo que piensas.

—Si te dijera lo que pienso, no te gustaría.

—¿Por qué no? Quizá sí.

—No, ya sé que no.

Y al decir esto sentía una oleada de tristeza que le anegaba y que rimaba con la melancolía de aquel crepúsculo admirable.

V

OLLARRA