Gugatic erregu
Eriotzeco orduan
Ez gaitecen galdu».
(Ruega por nosotros, María, para que en la hora de la muerte no nos vayamos a perder.)
—En seguida la muerte —dijo Manón, después de traducir la inscripción vasca, haciendo gala del espíritu volteriano de su abuelo.
—Es la religión —replicó Alvarito—; no se va a hablar en las ermitas de bailes o de fiestas.
Siguieron los dos muchachos su camino por una senda hundida. Caía la tarde, el cielo azul iba llenándose de nubes rojas y se oía una campana melancólica en el aire. Enfrente, la peña de Aya se destacaba a lo lejos, dentellada, en el horizonte en llamas del crepúsculo. A Alvarito le parecía aquello la gloria de un altar mayor con los ángeles en el cielo incendiado.
—Es triste España —murmuró Manón.
—¡Pero si apenas hemos entrado en ella! —replicó Álvaro.
Pasaron por una encrucijada con grandes árboles, en donde habían hecho su campamento unos gitanos, que en aquella hora vivaqueaban y encendían fuego. Alrededor de las llamas correteaban chiquillos medio desnudos; dos borricos pardos pacían la hierba tristemente.