Alvarito contó que venían de Francia y que iban a casa de unos parientes de Almandoz.

—¿Qué es vuestra familia?

—Es familia de labradores.

—¿Son carlistas o liberales?

—Son carlistas.

Había allí cerca una barraca de madera, medio taberna, servida por un hombre con trazas de campesino, y Álvaro convidó en ella a los aduaneros carlistas y a algunos soldados de una partida volante que se habían acercado al olor de un posible vaso de vino.

Les dejaron pasar sin más formalidades, y poco después, Alvarito y Manón descansaban delante de una ermita, ya próxima al pueblo.

Era la ermita pequeña, baja; partía de ella un calvario; al lado se levantaba una cruz de piedra con los atributos de la pasión; dentro se veían santos de bulto, siniestros: a la derecha, San Jerónimo, con su león, y a la izquierda, San Martín, a caballo, cortando su manto con la espada para dárselo al pobre.

Alvarito, con su fantasía, creyó que dentro estaba agazapado un hombre, pero no había nadie. La puerta de la ermita era enrejada y a los lados tenía dos ventanas. En el dintel de la puerta se podía leer este letrero en vascuence:

«Eguizu zuc Maria