EN VERA
No sabían qué hacer con el caballo del farsante místico de Sara y le dejaron que siguiera a los otros dos.
Atravesaron, Alvarito y Manón, por un barranco hundido y cerrado, en donde algunos carboneros hacían arder sus hornos. Al remontar el arroyo, pasaron del barranco estrecho que corría entre dos vertientes tupidas a una altura próxima y en ella vieron un centinela.
—Alto: ¿quién vive? —les gritó este.
—España —contestó Alvarito.
—¿Qué gente?
—Gente de paz.
—Adelante.
Avanzaron Alvarito y Manón y se encontraron, poco después, rodeados de cinco soldados carlistas harapientos.
—¿A dónde vais y de dónde venís? —preguntó el que hacía de jefe.