—No aceptamos bromas de usted —exclamó Alvarito, con la pistola aún en la mano.

—Quita, no vayas a disparar —gritó Manón—. Yo le daré a este hombre lo que merece.

Y, cogiendo una vara, dio una tanda de palos al barbudo sátiro.

El hombre gritaba, de manera grotesca, con gritos de gallina.

—Basta ya —dijo Alvarito; y dirigiéndose a Sagaset, añadió—: Ahora, a pie, y sin volver la cabeza, se marchará usted a Sara. Si se vuelve usted, le mato como a un perro.

—Está bien, está bien. No hay que incomodarse —murmuró Sagaset, como si estuviera efectivamente encantado del giro que habían tomado las cosas.

Sagaset comenzó a marchar camino de Sara sin volver la cabeza.

—¡Qué asco de hombre! —exclamó Manón—. Me pareció que se me echaba un sapo encima.

Después, pasada la primera impresión del accidente, los dos muchachos se echaron a reír, recordando con detalles la escena. Manón se encontraba satisfecha de tener un compañero valiente y decidido, como Alvarito, y este comenzaba a sentir cierta confianza en sí mismo; confianza que jamás había tenido.

IV