Sagaset alquiló tres caballos, y por la tarde, después de comer, comenzaron a alejarse del pueblo y a tomar por una senda aguas arriba de un arroyo, nacido en la frontera de España.
Al llegar cerca de un bosquecillo de robles a un prado, en donde manaba una fuente, Sagaset dijo que allí debían sentarse a merendar.
—Tomaremos un bocado, ya que la Divina Providencia es bastante buena con nosotros para proporcionarnos un modesto refrigerio —añadió el tendero.
—No veo que tenga nada que ver con esto la Divina Providencia —dijo Manón, echándoselas de volteriana—. Es más bien la Silveri de la fonda de Harismendi que se ha encargado de ello.
—Eres un joven impío —replicó Sagaset, sonriendo.
Bajaron los tres de los caballos, se sentaron en la hierba y se pusieron a merendar. Después de la merienda había ido Alvarito a llenar la botella en la fuente, cuando Sagaset, agarrando con fuerza a Manón, la besó en el cuello.
Ella se desasió rápidamente y, volviéndose, dio tal bofetada al sátiro, que sonó como un estampido.
Sagaset iba a volver a la carga cuando vio a Alvarito pálido, que con una pistola, sacada del bolsillo, le apuntaba. Sagaset retrocedió, haciendo un gesto de espanto.
—No le tires —gritó Manón.
—Era una broma —murmuró Sagaset, sonriendo e inclinándose de una manera repugnante.