Un tabernero, republicano rival, aseguraba que en otro lugar donde Sagaset había vivido tuvo otra tienda de comestibles, y en vez de ponerla bajo la advocación de la Purísima Concepción, la llamó A La Bandera Tricolor, porque en el pueblo abundaban los liberales. Lo mismo le hubiera llamado A La Bandera Roja.

Con La Bandera Tricolor, Sagaset hizo quiebra; quizá Dios le quiso demostrar que aquella insignia liberal era herética y vitanda.

Para Sagaset, sin duda, no había más que una ligera diferencia entre la Purísima Concepción y La Bandera Tricolor: la Purísima era el éxito, y La Bandera Tricolor, el fracaso.

Según el tabernero republicano, Sagaset, el intrigante, defendido por los curas, hacía suscripciones para toda clase de obras piadosas y se quedaba algunas veces con los cuartos; vendía medallitas, imágenes, rosarios; se dedicaba también al chantaje y había estado procesado por corrupción de menores.

No eran todo visiones en la vida del tendero de comestibles. Sagaset, el sátiro de Sara, como le llamaba el tabernero republicano, era un completo farsante y gran hipócrita, un cocodrilo místico y sentimental. Tenía una lágrima a tiempo, una frase para legitimar cualquier granujada que él hiciera y otra frase condenatoria y áspera para juzgar la conducta de los demás, que él suponía siempre, con piadosa intención, impura, sórdida y envilecida.

Manón le repitió a Alvarito que desconfiara de Sagaset y que estuviera siempre en guardia.

—¿Pero por qué? ¿Se sabe algo malo de él?

—Yo no sé nada; pero estoy segura de que es un canalla.

—Bueno, desconfiaremos.

Al decidirse a marchar de Sara a Vera, para entrar en España, Sagaset anunció a Manón y a Alvarito que les acompañaría, porque quizá solos no sabrían encontrar el camino.