—¿Por qué no? Dicen que es una buena persona. Un beato que se pasa la vida en la iglesia.

—Peor que peor.

—¿Vas a empezar a hablar como tu abuelo? —repuso Álvaro—. ¿A creer que todos los que van a la iglesia son unos canallas?

—No diré que todos; pero este, creo que sí. A mí me ha mirado mucho; al hablarme me ha cogido la mano...

—Porque cree que eres un chico.

—¡Hum! No sé. Creo que sospecha que no. Mucha gente dice que el abacero es un místico y un santo varón; pero a mí no me produce confianza.

Alvarito tenía la idea de que Manón, con su instinto certero de mujer, conocía muy bien a las personas, por lo cual le parecía prudente no desdeñar sus opiniones.

Para la mayor parte del pueblo, Sagaset era un bendito. En la iglesia rezaba, tendido en el suelo, con los brazos en cruz. Había convencido a la gente de que se le aparecían la Virgen y los Santos.

De alguna de estas apariciones contaba detalles; de otras, no, porque, según decía, los aparecidos no le daban permiso para hablar de ellos, o si se lo daban, le ponían un plazo, como si se tratase del cobro de una letra o de un pagaré.

Si Manón y Alvarito hubieran conocido más personas en Sara, hubiesen sabido que Sagaset andaba persiguiendo a las muchachitas muy jóvenes, y que, a pesar de su aire de beato, era un perfecto granuja. Quizá era beato y granuja sinceramente al mismo tiempo, cosa que puede armonizarse en muchos casos.