—Tú decides.
—Muy bien; pero yo quisiera consultarte siempre. A mí, lo que me parece mejor, es ir a Sara. Tomar aquí informes entre los franceses amigos de los carlistas, y luego, si hay necesidad, entrar en España por Vera.
—Pues, nada; está decidido. Vamos.
III
EL SÁTIRO DE SARA
Alvarito y Manón, desde Urruña, marcharon en coche a Sara; se detuvieron allí en la posada de un tal Harismendi y se presentaron al cura, hombre muy influyente en el campo carlista, con la esquela del señor Silhouette. Le contaron lo que les ocurría: la desaparición de Chipiteguy, con todo detalle; pero el cura, aristocratista convencido, el que hubiese desaparecido un trapero de su trapería no le parecía cosa de mayor importancia. Para zafarse de los dos jóvenes les recomendó al dueño de una abacería, puesta bajo la advocación de la Purísima Concepción.
—El señor Sagaset —les dijo el cura— les informará mejor que yo.
Fueron a ver al tal Sagaset, en su tienda, un piso bajo, lleno de imágenes de yeso, de estampas de santos y de vírgenes. El tendero era hombre grande, al menos de tamaño; ancho de hombros, barba negra hasta el pecho, nariz corva y mucha corpulencia. Gastaba melenas largas; tenía los ojos claros, y la boca, sin dientes. Sagaset vestía de negro; chaquetón, sombrero de copa, pantalones bombachos y gran cadena de reloj de plata; tenía los brazos cortos, para su estatura; el vientre, abultado, y las piernas, delgadas. Era, a primera vista, hombre que pretendía ser amable, meloso, de aire hipócrita, con una sonrisa siempre suave y dulce.
Sagaset se brindó a proteger a Alvarito y a Manón y a favorecerles en su empresa de buscar a Chipiteguy. Quiso también llevarlos a su casa; pero Manón se opuso porfiadamente.
—Es un hombre antipático, que no me inspira confianza alguna —afirmó ella, dirigiéndose a Alvarito.