De otro indicaba:
—No sé qué le encuentra a su padre para tenerle ese cariño.
Esos lazos naturales de padres e hijos, maridos y mujeres, hermanos y hermanas le parecían debilidades y necedades. También debía considerar como cosa ridícula el sentir amor por la tierra. Oyéndole, parecía que lo natural en el hombre era odiar al prójimo cordialmente.
—Yo no soy ni español ni francés —decía—. De donde se viva mejor —añadía riendo con cierta cólera, y traducía su frase unas veces al francés y otras al castellano.
—¿Tú no sabes leer? —le preguntó Álvaro.
—Yo, no; ¿para qué? Eso no sirve para nada.
—¿Cómo que no sirve?
—Yo, al menos, no he tenido nunca necesidad de leer.
—¿Así que no has aprendido nada?
Ollarra se encogió de hombros con desprecio.