—¿No sabes la doctrina?
—¿Qué es la doctrina? ¿Ese libro pequeño que llevan los chicos a la escuela?
—Sí; ¿no te la han enseñado?
—No; ¿eso para qué sirve?
—Enseña a amar a Dios y al prójimo.
—¡Bah!, esas son tonterías —masculló Ollarra con cólera, azotando con el látigo al caballo.
Durante algún tiempo Ollarra había vivido en Francia, muy adentro del país, en tierra de gascones, donde no se hablaba vascuence, dedicado a pescar en un río, cuyo nombre ignoraba, y a cazar cuervos y cornejas.
Cazaba los cuervos, según contaba, con cucuruchos de papel llenos de liga, en los que metía cebo. También los cogía con anzuelo o poniendo carne de caballo o de mulo, envenenada con nuez vómica.
Ollarra, huérfano de madre desde muy niño, fue protegido durante su infancia por un brujo y una bruja de Oleta, con quienes vivía.
Ollarra contó, con su acento mixto de cólera y de ironía, las mentiras y socaliñas empleadas por el brujo de Oleta para engañar a los incautos, en las cuales el muchacho tomaba parte muy importante, pues antes de entrar a ver al brujo, se obligaba a esperar a los clientes en un cuarto del caserío, y entre la vieja y Ollarra, haciéndose los tontos, sonsacaban a los crédulos sus intimidades y sus preocupaciones y luego se las contaban al brujo. A casa del hombre de Oleta solía ir gente distinguida para que les dieran hechizos.