—¿Y tu padre? —preguntó Alvarito a Ollarra.

—Es desertor francés y contrabandista. Ahora está enredado con una gitana. Es un puerco.

—¿Cuántos años tienes?

—No sé. Diecisiete o dieciocho. Lo mismo da uno más que uno menos.

—¿Y no tienes novia? —le preguntó Manón.

—Sí; ahí tengo una chica en Oleta. Ya le he dicho que me casaré con ella cuando sea mayor y tenga algún dinero; pero siempre me viene con tonterías y arrumacos, y que si la olvido o no la olvido.

—A las novias hay que mimarlas —dijo Manón.

—Tú qué sabes —replicó Ollarra con violencia—. Eres demasiado chico para enterarte de esas cosas. Todas las mujeres son así: embusteras y amigas de mimos y de engaños. Bien tonto será quien haga caso de ellas.

Ollarra siguió hablando en el mismo tono. Era el ímpetu, la imaginación sin freno, el orgullo desatado. Sentía pasión infantil por la aventura, no acompañada de la menor reflexión; creía que con valor y energía todo debía salir bien. Su credulidad y confianza en sus recursos, ilimitada, sin contrastar con los demás, le daban ideas no muy claras sobre los hombres. En parte les temía y en parte les despreciaba.

Manón pretendía amistarse a toda costa con Ollarra; pero este la miraba con desdén, la consideraba como a un chico y como a un chico afeminado.