Alvarito iba conociendo a Manón. Comprendía cómo a ella, acostumbrada a dominar y a subyugar fácilmente, le extrañaba y mortificaba que el joven salvaje no la tomara en cuenta.

Alvarito sentía cierta admiración por Ollarra; pero sospechaba de él, por su carácter inquieto, soberbio y malhumorado; le creía misterioso, poco seguro y capaz de cualquier barbaridad o de cualquier traición. Ollarra, en cambio, tenía gran curiosidad y cierta simpatía por Alvarito, toda la simpatía de que él era capaz. Se reía mucho viéndole tan torpe para las cosas materiales. Sin duda, su nuevo amo se le representaba como el tipo de la ciudad: del hombre inútil, que sustituye la falta de energía con dinero.

Ollarra disfrutaba de su nueva posición con delicia. Se pavoneaba, se dedicaba a comentarios mortificantes, hacía restallar el látigo en el aire y el carricoche iba al vuelo.

El día mismo que salieron de Vera, la primera parada fue en la venta de Yanci. Durante el almuerzo, Manón y Alvarito se rieron, viendo al perro, a Chorua, que se echaba sobre su amo, jugaba con él y le lamía la cara. El muchacho y el perro vivían identificados: una mirada de Ollarra o un silbido bastaban para que el perro le entendiera.

VII

LOS BERTACHES

Después de comer en la venta de Yanci, puestos de nuevo en camino, en el carricoche, se acercaron a Sumbilla, pasaron a la vista de su juego de pelota, entraron en su única calle estrecha y una hora más tarde cruzaron por delante del puente de Santesteban, hacia Mugaire. El viento frío traía lluvia mezclada con nieve.

Al caer de la tarde entraron en la venta de Mugaire a calentarse y a merendar. Poco después siguieron el camino.

Ya de noche, llegaron a Almandoz. Una patrulla carlista les detuvo y les pidió pasaportes. Los soldados les indicaron la posada de la calle por donde corría la carretera.

En el camino que sube desde Mugaire, a orillas del Bidasoa, hasta el puerto de Velate, se encuentra Almandoz. El pueblo se halla a la mitad de la cuesta.