En aquella hora todo estaba oscuro y desierto en la aldea, las casas cerradas, no se veía una luz. Se comenzaba a sentir la guerra; en la posada, ningún viajero; únicamente los amos de la casa, dos viejos, padres del dueño; una mujer joven y un muchacho. El posadero, al parecer, se encontraba en el campo carlista.
Prepararon la cena para Manón, Alvarito y Ollarra; se sentaron los tres delante de la chimenea al amor de la lumbre. Manón, con su instinto, creyó adivinar gente de buenos sentimientos en los viejos de la posada y les contó a lo que iban y sus propósitos de buscar al abuelo.
—¿Ustedes conocen a los Bertaches? —les preguntó Alvarito.
—¿Quién no los conoce aquí? —exclamó el viejo.
—¿Son dos?
—Sí; uno se llama Luis y es subteniente en el 5.º de Navarra; al otro le dicen Martín Trampa.
—¿Qué clase de gente son?
—Son unos bandidos, que tienen aterrorizado al pueblo.
—No sé para qué hablas así —exclamó la vieja en vascuence—; si lo saben, te puede pasar algo malo.
—Que lo sepan; me tiene sin cuidado —murmuró el viejo.