—Y vosotros, ¿por qué queréis saber quienes son esos Bertaches? —preguntó la vieja a Manón—. ¿Tienen algo que ver con el secuestro de vuestro abuelo?
—Sí; y sospechamos que lo tengan preso aquí mismo, en Almandoz.
—Mañana se lo preguntaréis al sargento Iribarren, que es amigo de casa, y él os lo dirá.
Después de cenar se colocaron todos al lado del fuego, alrededor de la chimenea, y la vieja, que ya había adquirido confianza con los viajeros, les contó cómo unos meses antes Martín Trampa y su criado Malhombre entraron en la posada de noche a robar.
—Yo estaba sola en casa —dijo la vieja—, y oí desde la cama cómo abrían la puerta. Luego, nuestro perro empezó a ladrar; pero, sin duda, le echaron algo de comer y se calló. Yo no me atrevía a levantarme y a bajar, porque pensé que si me presentaba, entre Martín Trampa y Malhombre me hubiesen acogotado.
—¿Y por qué no me llamó usted a mí, abuela? —preguntó el muchacho enfermo.
—Porque te hubieran matado a ti también.
—Ya lo hubiéramos visto.
—Tonto, más que tonto. ¿Qué hubieras hecho tú solo contra ellos?
—Estos Bertaches están ya aislados y todo el mundo los odia —dijo el viejo—; ya no les queda mucho tiempo para mandar.