Entre los carlistas se pensaba también formar un tercer grupo transaccionista con Marcó del Pont, el vizconde de Mataflorida, residente en París, y otros, partidarios de atraer a Cabrera a su bando. Andaba en la combinación Zea Bermúdez, que de absolutista ilustrado había pasado a carlista y enemigo furioso de Maroto; pero la idea no alcanzaba el menor éxito.
Por su cuenta, y con otros planes más o menos fantásticos, maniobraban los carlistas extranjeros, internacionales, como Mitchell, Lichnowsky, el marqués de Lalande, el joven caballero de Montgaillard y otros.
La mayoría de las diversas maquinaciones e intrigas se fraguaban en Bayona, y con ellas comenzaron a mezclarse las maniobras del infante don Francisco, que pretendía la Regencia de España en la minoría de Isabel II.
El infante don Francisco, Dracón en la masonería, Bragón y Bragazas le apellidaban sus enemigos en broma, tenía muchos adictos entre carlistas y cristinos. Los empleados de la Embajada de España en París y otros clasificados entre los carlistas, como Valdés el de los gatos y el libelista Martínez López, trabajaban por él.
Es posible que el infante contara entre los suyos al abate Miñano, y que el abate, además de cristino, carlista y protestante, fuera también franciscano. Indudablemente, el abate era un hombre pintoresco y de convicciones elásticas.
En los campos se notaba ya el cansancio de la guerra. El país y las tropas comenzaban a inclinarse decididamente por la paz, cuando el cuartel general de la Reina dio la orden extraña de talar las mieses e incendiar los campos. ¿Por qué una medida tan absurda? ¿Era pura estupidez militar o había otra intención en ello?
No parecía sino que alguien del Gobierno tenía interés en que no se acabara la guerra rápidamente. Aquellas disposiciones vandálicas fueron una inyección de vida para el partido carlista, que comenzó a perder su aire mortecino y lánguido y a sentirse de nuevo agresivo y lleno de exaltación.
Los alaveses y los navarros pensaban segar en plena paz, e irritados por la pérdida de las cosechas, comenzaron a exasperarse. Fue aquella medida rara e incomprensible, de tipo bastante frecuente en las cosas de España. No se sabía a qué atribuir disposición tan desdichada: a la rutina, a la brutalidad, al rencor o a la falta de inteligencia en el mando.
Se supuso a los jefes liberales irritados con la idea de un convenio con los carlistas; se decía si tendrían la ilusión de que la campaña se hallaba próxima a solventarse por las armas; pero esto no pasaba de ser una esperanza quimérica, porque la tibieza de los carlistas en la guerra dependía, en gran parte, de la idea de que se acercaban a una transacción.
El caso fue que la medida incendiaria produjo gran encono. El general Elío pudo inflamar el ardor de sus voluntarios, que llegaron a infringir un gran descalabro a don Diego León cerca de Cirauqui.