Nenín recibió, sin duda, órdenes terminantes, porque al ver que no se incautaban de los papeles que deseaba, entró inmediatamente en España, preguntó en Behovia, en dos o tres casas, por Aviraneta y marchó decididamente a la fonda de Echeandía, donde almorzó, en compañía de Montgaillard.

Aviraneta advirtió el espionaje de Nenín y del joven francés.

Después de hablar don Eugenio con Orbegozo y de darle instrucciones para el día siguiente, Aviraneta celebró larga conferencia con el gobernador de la plaza de Irún, don Valentín de Lezama.

Le contó lo que pensaba hacer con el Simancas; dijo cómo aquella colección de documentos falsos iría a parar a manos del Pretendiente; cómo se produciría la ruptura de don Carlos y Maroto, y le advirtió, para su prevención, la conveniencia de comunicar al comandante general de Guipúzcoa que en el plazo de una semana, lo más tarde, se sublevaría la parte furibunda del partido carlista, en Navarra, contra Maroto y los suyos, lo que produciría sucesos extraordinarios transcendentales en la marcha de la guerra.

El gobernador de Irún escuchó con gran interés las palabras de Aviraneta, y no dudó de su importancia, y hasta pensó que sus planes podían ser decisivos para la solución de la guerra.

—Si algo necesita usted, dígamelo —le advirtió.

—Quisiera que me desembarazara usted de un espía que me ha puesto el cónsul de España en Bayona, que me sigue los pasos y me estorba.

—¿Pero el cónsul no es amigo de usted?

—Sí, es amigo, y hasta debía de ser colaborador y protector; pero tiene celos de mí y trata de deslucir todos mis proyectos.

—¡Qué absurdo!