—Completamente absurdo.
—¿Y quién es el espía?
—Es un tal Nenín, Prudencio Nenín. Le acompaña un joven francés, carlista, de Bayona, que no sé si será su ayudante o solo un amigo.
—¿Qué quiere usted que haga con ellos? —preguntó Lezama—: ¿prenderlos?
—Por lo menos a Nenín quisiera obligarle a que durante el día de mañana no saliera de su cuarto.
—¿Y al otro?
—Al otro, nada.
—¿Y dónde vive ese Nenín?
—Hoy ha comido en la fonda de Echeandía, lo mismo que yo; creo que allí parará.
—Muy bien; mañana mandaré dos de la policía para que no le dejen salir a la calle.