Aviraneta se despidió de Lezama, volvió a la fonda y se acostó.

Al día siguiente, Aviraneta se levantó a las ocho de la mañana, pidió el paquete de documentos guardado por Echeandía, lo empaquetó en un hule, llamó en el cuarto de don Domingo Orbegozo, que ya estaba preparado y vestido y le ordenó que fuera sigilosamente al caserío Chapartiena, de la orilla del Bidasoa, y lo entregara allí, a Roquet. Dio las señas del francés y dijo cómo este se presentaría a las nueve y media a recogerlo.

Salió Orbegozo, le vio Aviraneta marchar por la calle y no le siguió, para no llamar la atención. Como el asunto era para Aviraneta de gran importancia, pensó todas las probabilidades de éxito y de fracaso. Se le ocurrió pensar lo extraño de que Nenín, que tanto interés manifestaba el día anterior en espiarle, no apareciera por allí; volvió otra vez a avistarse con el amo de la fonda.

—Oye —le dijo.

—¿Qué hay?

—Ese Nenín, de Bayona, que comió ayer aquí, ¿ha quedado a dormir en casa?

—No.

Aviraneta se alarmó. El agente de Gamboa, como hombre activo, podía intentar todavía algo. Se vistió rápidamente, se puso una boina, metió dos pistolas en los bolsillos y marchó camino de Chapartiena. Al llegar frente al caserío, le chocó ver a la puerta dos tipos franceses, como de guardia. Eran indudablemente gendarmes, vestidos de paisano.

Muy inquieto, Aviraneta marchó a toda prisa a la taberna de Ganisch, le llamó, contó lo ocurrido y manifestó su mucho miedo de que la policía francesa pudiera registrar unos documentos de gran importancia traídos por él.

—No tiene nada de raro —saltó Ganisch—. Hace poco más de una hora que han pasado en barca el comisario francés y unos gendarmes.