—¿Y Zumalacárregui? —preguntó Alvarito.

—Zumalacárregui —contestó el viejo— era hombre triste, flaco, de aire enfermo y de mal color, también con patillas y vestido de negro.

—¡Cuánto mejor hubiera sido que esos dos viejos arrugados hubieran estado en la cama que no matándose en estos vericuetos! —dijo Manón.

—Hay que defender las ideas —replicó Alvarito.

—¡Las ideas! ¡A cualquier tontería llaman los hombres ideas! —repuso Manón.

—¿Y cuánto duró la batalla? —preguntó el muchacho al viejo.

—Casi todo el día. Se batían con rabia. Los negros tenían buenos jefes: Narváez, Ros, y sobre todo Oráa, el Lobo Cano, un navarro de por aquí, duro como la piedra.

—¿Y los carlistas?

—¿Los carlistas? Tenían también buena gente: uno de ellos era José Miguel Sagastibelza, coronel del quinto batallón de Navarra, nacido en Dona María. La noche anterior a la batalla durmió en nuestra venta.

—¿Y qué tipo era?