—No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí siempre interesantes.

—¡Oh! ¡Bondad!—exclamé yo—. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare, unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para traérselas a usted?

—No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.

—No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.

—¿Da usted su palabra?

—Sí.

Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas. No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.

El viaje sin objeto—leí en la primera página, con la voz velada por la emoción.

—¿Lo llama usted así?—me preguntó ella.