Unos días después del rapto de la Clavariesa estábamos charlando en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras desde que salí de Londres.
—Tengo varias notas—la dije—, pero dispersas y sin orden.
—¿Por qué no las ordena usted?—me preguntó ella.
—¿Con qué objeto?
—Para leérmelas a mí.
—Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes cosas.
—No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación, puede ser interesante.
—¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.
—Se quiere usted excusar, Thompson.
—No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para que no sufra un pequeño chasco.