Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del país vasco, en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor.

Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio, porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en la torre escrita esta sentencia: Ut fugitur umbra sic vita (Como huye la sombra, así es la vida).

Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.

Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando el cementerio abandonado de Alba, y al pájaro, que cantaba sobre un trozo de madera podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo de mi cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de llegar y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía mas que el mismo comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: Ut fugitur umbra sic vita (La vida huye como una sombra).

¡Adiós, amigo mío!—J. H. Thompson


EL VIAJE SIN OBJETO

PRÓLOGO